domingo, agosto 28, 2005

La vida por delante

Gabriel no tenía alas, igualmente decidió saltar. Milésimas después de aplastarse contra el suelo 8 pisos más abajo, visualizó la imagen de aquel hombre desconocido, quien catorce años antes había cruzado de la estación a la plaza mirándolo fijo. Gabriel recordó eso habiendo imaginado que vería pasar su vida por delante y que, tal vez, lograría entender en ese instante el porqué de su salto. Pero fue aquel extraño quien apareció en su mente.

Gabriel imaginó que el hombre, tal vez llamado Ulises, cruzó esa tarde otoñal de la estación a la plaza buscando a su hermana Magdalena, quién había vivido en Bernal cuando era adolescente por haber sido echada de la casa de su madre, una gorda señora austera e ignorante, que mató varias gallinas en el rancho en el que su padre la acosaba alcoholizado. Gabriel no supo nada sobre aquello, y nada sobre sí, sólo pudo imaginar. El desconcierto desolador que sufrió siempre se vio representado en un recuerdo inútil, en otro vació inentendible en un momento delicado. No tuvo alas ni durante ni después de haber vivido.