sábado, junio 04, 2005

El humo de las personas

Respiraron acostados sus vapores, rodaron por su noche como nunca antes lo habían hecho. Se enfrentaron jugando a la ansiedad y volvieron a rodar, a vivir el corto tiempo velozmente. Sus pulmones agitados lograron mezclar aquella atmósfera con sus partículas, imperceptibles conectoras de la vida y de la muerte, hasta crear un tercer plano, una entidad devastadora provenida de las sobras.

Envueltos en aquello y sin siquiera percibirlo, revolvieron sus cuerpos manchando la cama. Rieron y pelearon. Hablaron sin pensar en ellos y rodaron nuevamente. Entraron en un ciclo infinito, un descanso de sus propias soledades y un envión que no pedía a cambio esfuerzo.
La unión de sus partículas les daba fuerza, los volvía locos hamacándolos al viento y los dormía acaso luego, en un zumbido de pasto de un invierno.

Cuando entonces despertaron y volvieron, decidieron alejarse. Abrió un poco la ventana, se puso su abrigo y sus partículas volaron dejándolos gastados, lejanos al fulgor del ritmo de la hipnosis que vivieron. Abrieron la puerta y marcharon en distintas direcciones, volviendo a fumarse lo que quedó de aquél encuentro, a repetir recuerdos, y a cansarse de tener que descender de nuevo hasta ellos mismos.