miércoles, abril 20, 2005

Minorías

Desde un balcón los pude ver. Se tomaban las manos y fingían no estar haciéndolo. Las palabras se enredaban mientras controlaban la ventana, que no aparezca una persona inquisidora. Todo estaba prohibido para ellos, todo era un dolor barnizado de fuerza poderosa, un rencor justificado por la historia. En esa superficie pegajosa se movían y se hablaban sin consuelos. Se contaron la desgracia de haber sido diferentes y trataban de sanarse el uno al otro. Cuando el llanto no llegó por estar de cara al mundo, se abrazaron sin tocarse y se cuidaron mutuamente mientras mantenían esa indiferencia rígida que necesitaban mostrarle a los demás. Dudaban de expresar sus sentimientos, sabían que cualquier filtración al mundo externo, ese que acecha hambriento, sería un duro retorno a la discriminación que habían sufrido siempre.

Intentaron relajarse y salir a la calle juntos sin importarles las barreras que esta sociedad les presenta a los más débiles, a la gente que transita en otro plano la realidad, que apenas podemos, como parte de la masa verduga, percibir o imaginar.

Juntaron el valor que les faltaba y rodaron por Sarmiento unas dos cuadras. Se besaron ante todos superando sus temores y decidieron despedirse.

Otra vez el dolor de la partida se acercaba. Ya lo habían atravesado en el pasado y cada vez lo sufrían de igual forma. Otra vez en una esquina, solos, el lloraba mientras se le hacía la hora de volver a su puerta a trabajar, otra vez perder el tiempo tan preciado intentando conseguir que alguien los ayude a separarse. Otra noche de rencor contra la gente y contra ellos. Otros 20 minutos sin que nadie los ayude a subir su silla al taxi, que impiadoso facturaba cada instante de dolor, irreversible.