martes, abril 12, 2005

La firma

Su hermana estaba en la plaza con el novio, el petiso que andaba perdido por el barrio, rebotando de changa en changa e intentando borrar el tiempo con sustancias. Ella lo seguía a todos lados, esperaba que algún día algo la sacara del remolino en el que ultimamente se había convertido su familia. Ernesto, su hermano mayor, desde hacía tiempo ya que sólo pasaba la noche en la casa, durante el día se buscaba cualquier actividad, cualquier lugar o cualquier mentira para no ver que dentro de su mismísima persona había pensamientos que no podía manejar, que lo ensordecían trayéndole recuerdos de un pasado confuso, en el que estuvo solo y rodeado por mayores que jugaban a la anormalidad de manera displicente. El había crecido viendo que a ninguno de sus amigos los sometían a esas atmósferas experimentales a las que lo exponían sus padres, mientras intentaban abrazar una verdad espiritual que armaban bajo los parámetros de un criterio volátil. Ernesto estaba lejos, pensó José, y en todo caso tiene tanto miedo y tanto de lo cuál encargarse con él mismo que tampoco preocupaba. Él no me aprecia lo suficiente como para notar que el camino en el que estoy no es lo que imagina, si es que alguna vez se detuvo a imaginarme, se dijo.

La madre había armado una salida para ver a sus primas, ellas eran tres mujeres solas que vivían amuchadas en un departamento en la calle Jonte. Discutían por hombres que al final siempre escapaban. Se peleaban por la ropa que tal vez alguna usaba sin permiso de la dueña. Cuando iba Norma a visitarlas, como ese día, ellas siempre esperaban que trajera novedades de su vida de pareja, era la única que tenía un marido al cual aferrarse, pero que sin embargo se empeñaba en dejar libre, siguiendo una teoría facilista y mal llevada. Se pasarían la tarde hablando de lo mismo, mientras José recorría la casa vacía, en busca de una sábana vieja, alguna tijera, y algún rincón propicio.

El padre ya había tomado sus 5 vasos de vino en el almuerzo que compartieron todos menos Ernesto, quien había salido a la mañana en bicicleta hacia liniers. Luego de ese almuerzo, el padre recibió a las ocho mujeres desahuciadas y a un paria que venía de lugano, que había vivido en méxico y brasil y ya hacía tiempo que no consumía hongos, a no ser por el olor que respiraba en su casa, que como inmóvil víctima de su abandono, pagaba con humedad, oscuridad y feos olores, a la desdicha de aquél hombre entrado en años.

José ya estaba acostumbrado a esa rutina de los viernes: volvía de su escuela donde aprendía arte y almorzaba en ese cuadro de silencio familiar en el que las cosas nunca se aclaraban. Siempre veía como el padre acariciaba a su hermana en demasía y miraba con ojos alterados por el alcohol las piernas alargadas que ella portaba sin inocencia. Cuando terminaban de comer y su padre pasaba al salón grande junto con las desahuciadas y el nuevo paria, José se sentaba en la habitación de Ernesto y dibujaba, intentaba no escuchar y se perdía en ilusiones truncas.

Los sermones que el padre daba a sus oyentes eran a veces tan obvios y trillados que no soportaba que fuera real. Las escenas se continuaban casi idénticas. Luego de la clase, el padre salía a acompañar al grupo a la parada del 106, y tardaba horas en volver. Cuando lo hacía, siempre estaba en un estado de cansancio tal que se tumbaba en el catre de la pieza de abajo y dormía hasta las 12 de la noche, para luego despertar y leer algún libro esotérico, algún fragmento de "La interpretación de los sueños" o incluso un diario, que podía no ser actual.

Cuando todos se habían ido ya, José se dedicó a buscar con decisión los elementos que serían necesarios, encontró una sábana azul vieja y la cortó por la mitad de un tirón. Probó con la mano que tan resistente sería y por un momento tuvo miedo de que no soportara por lo vieja. Prefirió no reparar en tanto tecnicismo y continuó buscando un tacho de pintura de 50 litros que quedaba todavía en la terraza. Puso un disco de los rolling stones que hacía tiempo no escuchaba y se fue al patio diminuto mientras pensaba que por fin terminarían sus lamentos, que podría realizar la obra más artística que hubiera soñado. José empezó la escuela de arte con el presentimiento de que a través de la pintura podría expresar los pesares en los cuales flotaba. Creía que si podía pintar situaciones en abstracto, que representaran su dolor, encontraría un escape o una forma de sanar, su propia trinchera donde resguardarse de esas mismas situaciones sería recreándolas.
Pero ésta vez José prefirió salir de la realidad, prefirió inventar una situación con esa tela, ese tacho de pintura y esas maderas que ya había colgado del techo del patio. Se decidió por dejar de recrear cosas ya vividas y por empezar con algo que nunca había soñado, pensó mientras tarareaba que esta vez sería lo contrario: en lugar de pintar el situaciones a las cuales la familia lo sometía, sometería a su familia a través de una situación que él mismo inventaría.

La versión que pude oir fue la de Ernesto, que había pasado esa tarde conmigo en un bar, y volvió a su casa a las 12:30 de la noche a buscar más dinero para poder seguir escapando. Nunca volvió. Al otro día hablamos por teléfono y me contó la obra que su hermano menor había concretado. Cuando Ernesto llegó encontró las luces encendidas, la situación era otra y él ya lo notaba desde la esquina, había gente parada en la puerta, algunos gritaban cosas indescifrables, alguien se abrazaba con su madre que al pasar lo miró fijo y llorando. Pasó y vió que el padre no estaba leyendo, golpeaba una pared mientras la hermana intentaba calmarlo. No entendió el significado hasta que pudo ver la firma de José, quien pendulaba en el patio a 40 centímetros del suelo, con la sábana azul al cuello y la lata de pintura derramada a sus pies.