domingo, marzo 27, 2005

Lucrecia

Rincones, siempre iguales se apresuran hacia ella. Cuida con sus manos un preciado dolor y se escapa de la furia que la cega.

Siempre sola y escondida entre las sombras, siempre en el andén del tren que nunca llega, siempre con las mismas manos frega: la tristeza por la vida que no ha sido.
Siempre muere arrodillada ante la espera y cantando se desata en alaridos, por gritarle a alguien que no sea otra frase en sus paredes del olvido.

No vió nada mientras pudo o mientras quiso, y llorando se adornó el pelo y la boca, mas ahora no recibe los sermones, que ella misma se rezaba, como loca.
Tapó las manchas de mujer que habían llegado y se ató sola a su cama cuando ardía, pero ahora no soporta aquél encierro y hasta puede que se enfrente con el día.

Esperó ya en ese estado somnoliento, que le llegue algún don alguien a salvarla, mientras juega a ser un sueño desenvuelto, y delira con sus propias fantasías. Y es que nadie puede acaso con el tiempo, nadie alcanza a devolverle la alegría, lo perdido ha sido entonces un momento que dejó un hueco en su alma ya crecida.

Hoy se estampa sus verdades en el pecho, su garganta ya le arde de mentiras. Hoy da saltos y revienta contra el techo y comprende que en los sueños nunca hay vida. Que el don alguien salvador no llega nunca, y que sola está devuelta en el camino, que por más que fantasee sin remedio: nunca hay paz, nunca hubo amor, ni hubo destino.